Miércoles, 14 de octubre de 2026 Edición Nº 11
LA

ALMENARA

"Donde la noticia encuentra su rumbo"

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Opinión

Calentando el sofá

Llevamos ocho años viviendo en un país que se ha acostumbrado a discutir, a señalarse y a odiarse un poco más cada día. Y no es casualidad. Durante estos ocho años, el Gobierno ha encontrado en la crispación una herramienta de gobierno: mientras nosotros nos enfrentamos en la calle, en las redes y en la mesa de las comidas familiares, ellos calientan el sofá de la Moncloa sin dar un palo al agua. Nos han puesto los unos contra los otros para que no nos fijemos en lo único que de verdad deberíamos estar mirando: que llevan ocho años prometiendo que van a luchar por nuestros derechos y ocho años sin resolver absolutamente nada.

Y lo más increíble no es que lo hayan hecho. Es que haya gente que todavía se lo crea. ¿Cómo es posible que, después de ocho años de promesas incumplidas, de vivienda sin resolver, de inseguridad creciente, de un campo asfixiado y de un Estado que parece vivir de espaldas a quien madruga para llegar a fin de mes, siga habiendo quien les aplauda cada vez que ocurre una desgracia, donde nuestro querido presidente se graba recomendando música o libros? Puede que todos los políticos sean iguales, puede que ningún partido esté libre de mentir o de maquillar cifras. Pero ahora mismo no estamos hablando de todos: estamos hablando de quienes llevan ocho años gobernándonos, y son ellos quienes tienen que responder por estos ocho años, no los demás.

Porque aquí hay una trampa que se repite siempre igual. Cuando gobierna la izquierda y las cosas van mal, la respuesta es que “todos los políticos son iguales”, que “la derecha también lo hizo”, que no hay que señalar a nadie en concreto. Pero en cuanto gobierna la derecha, de repente ya no son todos iguales: de repente solo hay un culpable, y toda la crispación, todo el ruido y toda la indignación se concentran exclusivamente contra ese lado. No se puede jugar a dos barajas: o todos tienen que rendir cuentas por igual, o dejemos de fingir que el problema es la ideología de quien gobierna y no la forma en que se gobierna.

Y ya que hablamos de dobles raseros, hablemos también de la supuesta tolerancia de la izquierda. Muchos construyen su discurso sobre el amor, el perdón y la fraternidad, y no son pocos los que incluso se jactan diciéndonos que “Jesús era de izquierdas”, muchos de ellos ateos. Pero basta con preguntarles si podrían tener un amigo de derechas para que ese discurso se desmorone: a muchos de ellos la sola idea les repugna, como si pensar distinto fuera incompatible con la decencia.

No es tolerancia lo que practican, es una exigencia disfrazada: quieren que toda la sociedad piense exactamente como ellos, y llaman intolerante a cualquiera que se atreva a no hacerlo. Porque no quieren diversidad, quieren SU diversidad.

Porque no quieren diversidad, quieren SU diversidad.

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