El orgullo de ser español no se pide perdón: se lleva con la cabeza muy alta
Dicen que llevar la pulsera de España es una red flag, un símbolo de discordia. Nos han enseñado a pedir perdón, nos han impuesto un relato de culpa por llevar los colores de nuestra tierra. Pero hoy no vengo a hablar de política. Vengo a recordaros quiénes somos y de dónde venimos, porque la historia de España no se escribió en los despachos. Se escribió con sangre, salitre y un coraje que el mundo jamás ha vuelto a ver. Hubo un tiempo en que los mapas del mundo tenían un límite que decía Non plus ultra: más allá, no hay nada. Había que estar loco, o ser español, para desafiar un océano Atlántico que era entonces un abismo oscuro donde se creía que naufragaba todo el que se atrevía a cruzarlo. Y nosotros fuimos. 1492: tres naves de madera rompieron el mapa del revés.
Lo que vino después no fue una simple campaña militar: fue la mayor epopeya de exploración de la humanidad. Imaginad el escenario: un puñado de hombres desnutridos, superados en número por miles de guerreros, adentrándose en selvas impenetrables, cruzando desiertos infernales y escalando los Andes a pulmón. Cortés, con apenas quinientos hombres; Pizarro, en los abismos del imperio inca. No ganaron solo por el acero: ganaron por una determinación ciega. Desafiaron a imperios enteros y los doblegaron, uniendo un continente bajo una misma ley, una misma fe y un mismo idioma.
Pero América se nos quedó pequeña. Magallanes y Elcano se lanzaron al Pacífico, un mar que nadie conocía. Elcano regresó tres años después, con apenas diecisiete hombres espectrales y una nave destrozada, habiendo abrazado la tierra por primera vez en toda su historia. Unimos Sevilla con Veracruz, Lima con Manila. Controlábamos las rutas comerciales del planeta entero. Mientras tanto, en Europa, los tercios se mantuvieron invictos durante ciento cincuenta años, caballeros de hierro que defendían las fronteras del imperio frente a todos los reyes de Europa coaligados contra nosotros. Y en Lepanto frenamos en seco la expansión otomana en el Mediterráneo. No había rincón del globo donde las aspas de Borgoña o las torres de Castilla no impusieran respeto.
1492: tres naves de madera rompieron el mapa del revés.
Pero nuestro imperio no se midió solo en kilómetros de tierra: se midió también en la genialidad de nuestro espíritu. Levantamos veintitrés universidades en América antes de que los ingleses pusieran la primera piedra en el norte. Dictamos las Leyes de Indias en 1512, reconociendo la humanidad y los derechos de los nativos cuando el resto de Europa aún debatía si tenían alma. Conquistamos el mundo con la espada, sí, pero lo conquistamos también con el pincel de Velázquez, la luz de Sorolla y la mística de Goya. Le dimos al mundo el Quijote, la mayor obra literaria jamás escrita, nacida del alma de un soldado herido en Lepanto.
Su miedo es solo ignorancia. Llevar esta bandera no es ser de un bando: es heredar el coraje de los hombres que cambiaron la geografía del planeta, es ser descendiente de quienes abrieron las rutas del mundo, es ser heredero de uno de los imperios más grandes que ha conocido la historia. Y de eso, queridos amigos, de eso no se pide perdón. Se lleva con la cabeza muy alta.