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Miércoles, 12 de agosto de 2026 Edición Nº 4
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ALMENARA

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Religión

La sangre de los mártires

De las catacumbas romanas a las iglesias del siglo XXI.

Hubo una época en que ser cristiano era, casi por definición, estar dispuesto a morir. Desde el año 64 d.C., cuando Nerón desató la primera gran ola de violencia contra los seguidores de Cristo, hasta el siglo IV con Diocleciano, el Imperio romano persiguió de forma intermitente pero implacable a una comunidad que se negaba a rendir culto al emperador y a los dioses tradicionales. Roma y el norte de África fueron los focos más intensos de una represión que se extendió por todo el territorio, tanto en su mitad occidental como en la oriental.

Para entender esa hostilidad hay que mirar el trasfondo sociopolítico del Imperio. Los romanos sostenían la llamada pax deorum, la paz de los dioses: creían que el éxito militar y la prosperidad del Estado dependían de mantener contentas a las divinidades tradicionales, de modo que cualquier desafío a ese orden religioso se interpretaba como una amenaza directa a la seguridad colectiva. A esto se sumaba lo que podríamos llamar un "ateísmo civil": el rechazo cristiano a los ídolos no se entendía como una opción espiritual legítima, sino como traición al Estado. Circulaban además rumores populares que alimentaban el odio popular, pues los paganos acusaban a los cristianos de canibalismo por la eucaristía y de incesto por llamarse "hermanos" entre sí. Y, por último, estaba el recelo hacia lo que se percibía como una sociedad secreta: sus reuniones nocturnas y clandestinas violaban las leyes romanas sobre asociaciones ilícitas.

Del edicto de Decio a la Gran Persecución

En el año 250 d.C., el edicto de Decio marcó la primera persecución generalizada del cristianismo: exigía a cada ciudadano un certificado físico, el libellus, que probara haber sacrificado a los dioses. Medio siglo después, en el 303 d.C., Diocleciano impulsó la Gran Persecución, durante la cual se quemaron iglesias y textos sagrados y se despojó a los cristianos de sus derechos civiles. De aquellos procesos han llegado hasta nosotros las Actas de los Mártires, transcripciones reales de los juicios romanos que revelan tanto el rigor del interrogatorio oficial como la firmeza inquebrantable de los acusados.

Esa represión, sin embargo, no dejó indemne a la propia comunidad cristiana. Tras las persecuciones estalló la crisis de los lapsi, un intenso debate teológico sobre si debía perdonarse a quienes habían cedido por miedo y adorado a los dioses paganos. Al mismo tiempo, las tumbas de los mártires en las catacumbas se convirtieron en los primeros altares cristianos y en centros de peregrinación, dando origen al culto a las reliquias. Y en un giro inesperado, el propio estoicismo romano —que admiraba el dominio de sí mismo frente a la muerte— terminó generando conversiones entre los mismos verdugos y soldados que presenciaban el martirio.

Rostros de la fe: de Esteban a Perpetua

Entre las figuras que marcaron esta época destaca San Esteban, considerado el primer mártir cristiano, lapidado en Jerusalén. Le sigue San Policarpo, obispo de Esmirna, quien a los 86 años se negó a renegar de su fe ante el procónsul romano. También sobresalen Santa Perpetua y Santa Felícitas, una noble y una esclava martirizadas juntas en Cartago, cuyos diarios de prisión se conservan hasta hoy y dan testimonio de una convicción profunda ante la muerte inminente.

Fue precisamente en ese contexto donde Tertuliano acuñó la frase que resume el fenómeno:

"La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos." — Tertuliano

La expresión condensa dos ideas centrales de la espiritualidad cristiana primitiva. Por un lado, la preparación espiritual: muchos creyentes concebían el martirio como un bautismo de sangre, la unión definitiva con Cristo. Por otro, el contraste radical con la mentalidad romana, pues la aceptación voluntaria de la muerte desconcertaba a un mundo acostumbrado a valorar el poder y la supervivencia a cualquier precio.

Un fenómeno que no pertenece al pasado

Lejos de ser un capítulo cerrado de la historia, el martirio cristiano alcanza en pleno siglo XXI cifras sin precedentes. De hecho, historiadores y organizaciones internacionales coinciden en que hoy mueren más cristianos por su fe que durante los primeros siglos del Imperio romano.

Según la Lista Mundial de la Persecución 2026, elaborada por Puertas Abiertas (Open Doors), 388 millones de cristianos sufren en la actualidad persecución alta, muy alta o extrema en todo el mundo, lo que equivale a uno de cada siete creyentes que es acosado, discriminado o víctima de violencia por sus convicciones. También se registran 4.900 cristianos asesinados al año exclusivamente por motivos religiosos, y sitúa a África Subsahariana como el nuevo epicentro de esta violencia, con el 93% de los asesinatos globales concentrados en la región.

El informe identifica además los países donde la persecución alcanza su punto más crítico. Corea del Norte encabeza la lista como el entorno más hostil del planeta: poseer una Biblia o profesar la fe puede acarrear la ejecución o el confinamiento perpetuo en campos de trabajos forzados. Nigeria, por su parte, es el país más letal para los cristianos, con casi el 70% de los asesinatos globales registrados allí, producto de los ataques sistemáticos de grupos extremistas como Boko Haram y de milicias armadas. Siria ha vivido una escalada crítica tras la caída del régimen a finales de 2024 y la llegada al poder de facciones yihadistas, que ha multiplicado los ataques contra iglesias y escuelas cristianas. Y en América Latina, el informe pone el foco en Nicaragua, donde sacerdotes y religiosos enfrentan asedio, encarcelamiento y expulsión sistemática por parte del gobierno.

Los nuevos mártires

Detrás de las cifras hay rostros concretos. En 2015, el Estado Islámico secuestró y ejecutó en una playa de Libia a 21 cristianos coptos —veinte egipcios y un ghanés—, en un video que dio la vuelta al mundo; los testimonios recogidos después aseguran que murieron pronunciando el nombre de Jesucristo hasta el último instante. En 2016, en Normandía, el padre Jacques Hamel, un sacerdote de 85 años, fue degollado en pleno altar por terroristas islámicos mientras celebraba misa, un crimen que demostró que la persecución también toca suelo europeo. En 2019, los atentados del Domingo de Resurrección en Sri Lanka dejaron más de 250 muertos en tres iglesias durante los servicios litúrgicos de Pascua. Y en Nigeria, comunidades enteras acuden cada domingo a sus templos sabiendo que grupos armados asaltan con frecuencia los cultos, engrosando así la lista de mártires anónimos que rara vez llegan a los titulares internacionales.

El ecumenismo de la sangre

Para cerrar el círculo entre ambas épocas resulta útil recuperar un concepto acuñado en la teología contemporánea: el "ecumenismo de la sangre". Al igual que ocurría en la Roma antigua, los perseguidores actuales no distinguen entre católicos, ortodoxos o protestantes: matan simplemente por la condición de cristiano. De ese modo, el testimonio de los mártires de hoy se une, casi 1.800 años después, al de San Policarpo o Santa Perpetua, en una misma historia de fe que la violencia no ha logrado interrumpir.

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