Miércoles, 21 de octubre de 2026 Edición Nº 12
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Europa Arde

Disturbios en Francia, Italia y Bélgica, nos plantean una pregunta incómoda para España: ¿qué pasa cuando un país deja de hacer cumplir sus propias normas en la calle?

Grupo de encapuchados posando ante una barricada en llamas
Captura de vídeo difundido en redes

Francia lleva desde finales de septiembre instalada en un ciclo de movilizaciones que empezó en los institutos, por la falta de profesores, las aulas masificadas, los edificios en mal estado y el estrés generado por Parcoursup, el sistema de acceso a la universidad. El sábado 17 de octubre, esa protesta educativa se fundió con una gran manifestación nacional contra el coste de la vida que, según el Ministerio del Interior, reunió a 550.000 personas en todo el país; los organizadores hablan de hasta 800.000. Buena parte de la cobertura, dentro y fuera de Francia, ha descrito lo sucedido ese fin de semana como una "protesta estudiantil" o una movilización social legítima, sin más. Pero solo hay que salir a la calle para darse cuenta de que la realidad es otra muy distinta.

Lo que dicen las cifras, más allá del relato

Solo en la jornada del 17 de octubre, las autoridades detuvieron a cerca de 1.800 personas en todo el país, cifra que algunos medios elevan hasta más de 2.400 según el momento del recuento. Más de 800 policías y gendarmes resultaron heridos ese mismo día, según el propio Lecornu, mientras que el cómputo acumulado de toda la ola de movilizaciones desde finales de septiembre se acerca al millar de agentes heridos, de los que varios lo fueron de gravedad. En Limoges, el incendio provocado en el ayuntamiento hizo colapsar la torre de su campanario; en Lyon ardió la oficina de turismo; en Rouen, una fachada de un edificio universitario fue quemada en lo que las autoridades calificaron de incendio "voluntario"; y desde septiembre se han contabilizado decenas de centros educativos incendiados o saqueados, además de autobuses, papeleras, bicicletas y un camión de bomberos quemados en distintas ciudades. En París, los asaltantes llegaron a destruir un busto de Marianne, símbolo de la República francesa, un periodista de la cadena M6 fue agredido y le destrozaron la cámara mientras cubría los disturbios en Marsella; las sedes de las cadenas CNews y Europe 1 también fueron atacadas, con ventanas rotas y 20 personas detenidas en ese incidente y una periodista española fue amenazada en directo.

Un movimiento secuestrado

Intentando vender un relato, una farsa sobre lo que está pasando en las capitales de Europa. Lo llaman manifestaciones estudiantiles legítimas como si fueran jóvenes. Preocupados por el sistema educativo o la vivienda, pero todo esto va mucho más allá. Lo que estamos viendo es una exhibición del vandalismo totalmente impune y el destrozo sistemático de nuestras ciudades un desafío directo al orden y a las leyes occidentales. Más allá de quién tenga razón en esa disputa, el propio relato oficial francés ya desmonta por sí solo la idea de una simple "protesta estudiantil pacífica" que una parte de la prensa ha repetido sin matices.

El contagio a Italia y Bélgica

La misma jornada del 17 de octubre, los disturbios se extendieron a Italia, donde grupos encapuchados lanzaron piedras, rompieron escaparates y saquearon comercios junto a la plaza del Duomo y la Galería Vittorio Emanuele II de Milán, además de protagonizar enfrentamientos en Bolonia, Brescia, Bérgamo y Turín; la policía italiana respondió con gases lacrimógenos y cañones de agua, y realizó más de 80 detenciones entre esa jornada y la siguiente. En Bélgica, varios cientos de manifestantes encapuchados volcaron un coche y lanzaron proyectiles contra la policía en Bruselas, con nuevos enfrentamientos en Lieja, en un balance de cerca de 200 detenidos entre ambas ciudades. En los dos países, los manifestantes citan motivos prácticamente idénticos a los franceses: coste de la vida, servicios públicos insuficientes y, en Bélgica, el encarecimiento del acceso a la universidad.

En los dos países, los manifestantes citan motivos prácticamente idénticos a los franceses: coste de la vida, servicios públicos insuficientes y, en Bélgica, el encarecimiento del acceso a la universidad.

El predecesor

No se puede esperar una convivencia democrática con culturas orientales o comunidades radicalizadas cuando parte de ellas rechaza activamente los valores, las leyes y las libertades del mundo occidental. Simplemente hay que mirar a la historia de frente. A mediados del siglo XX, al Líbano lo llaman la Suiza de Oriente Medio. Beirut era el centro financiero, cultural y cosmopolita, espectacular, basado en valores occidentales y un equilibrio ejemplar. Pero casualmente, a finales de los años 60, la entrada masiva de facciones político-militares radicales ajenas al país rompió por completo el contrato social. Rechazando las leyes libanesas, colgaron sus propias banderas y armaron milicias en los barrios. La tolerancia malentendida con quien desprecia las leyes del lugar de acogida siempre acaba en colapso.

La batalla política

El Gobierno francés apunta a una infiltración organizada de la extrema izquierda; Marine Le Pen acusa a esos mismos sectores de haber secuestrado una protesta social legítima. En España, dirigentes de Vox, entre ellos Santiago Abascal, han presentado lo ocurrido en Francia como un anticipo de lo que le espera al país si no se endurece la política migratoria, una lectura que también han defendido en los últimos días Donald Trump o el canciller austriaco Christian Stocker. Es una tesis que forma parte legítima del debate político europeo sobre inmigración y orden público, pero conviene decirlo con precisión: ni las autoridades francesas ni los analistas de seguridad citados por la prensa internacional han presentado hasta la fecha ninguna prueba que vincule los disturbios a una comunidad étnica o religiosa concreta, y los propios detenidos identificados hasta ahora incluyen tanto a adultos ligados a colectivos de extrema izquierda como a menores sin antecedentes, sin que se haya publicado ningún desglose de origen que respalde esa lectura.

Lo que sí es un hecho, es que media Europa occidental ha pasado un fin de semana entero viendo ayuntamientos en llamas, comercios saqueados y cientos de policías y periodistas heridos, sin que ningún gobierno, en ningún país, lograra evitarlo con antelación. Esa es la lección que España no debería dejar pasar: un país que tolera que la violencia organizada se adueñe repetidamente de sus calles, sea quien sea quien la dirija, acaba pagando por ello con su propia seguridad ciudadana.

Fuentes: Infobae y CNN en Español (balance de detenidos, heridos y daños del 17 de octubre); Libertad Digital y Moncloa.com (cronología de incendios y saqueos, declaraciones de Geffray, Núñez y Lecornu); Eualive.net (disturbios en Milán, Bolonia, Brescia, Bérgamo, Turín, Bruselas y Lieja); Los Angeles Press (declaraciones de Trump, Stocker, Abascal y análisis sobre la falta de pruebas de un vínculo étnico o religioso).

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