La Bastilla, de símbolo de la libertad a destrozo humano.
El 8 de octubre, una columna que lleva casi dos siglos en pie amaneció cubierta de pintadas tras una manifestación de 70.000 personas. Un pequeño homenaje a lo que la Bastilla fue, es y debería seguir representando, frente a quienes la han convertido estos días en poco más que un soporte para el grafiti.
La Bastilla de 1789 —la fortaleza-prisión que simbolizaba el poder absoluto de la monarquía francesa y cuyo asalto, el 14 de julio de ese año, marcó el inicio simbólico de la Revolución Francesa— ya no existe. Fue derribada piedra a piedra entre 1789 y 1790, por orden de las propias autoridades revolucionarias, precisamente para que no quedara nada físico de aquel símbolo de arbitrariedad real. Lo que hoy ocupa su lugar, en el centro de París, es la plaza de la Bastilla y, en su centro, la Columna de Julio, un monumento mucho más joven de lo que mucha gente cree y que, sin embargo, ha vuelto a ser noticia esta semana por motivos muy distintos a los de 1789.
Una columna que no conmemora lo que la mayoría piensa
La Columna de Julio no fue erigida para recordar la toma de la Bastilla, sino otra revolución, la de julio de 1830, que derrocó al rey Carlos X e instauró la monarquía de Luis Felipe de Orleans. Se construyó entre 1835 y 1840, está coronada por una figura alada dorada, el Genio de la Libertad, y en su base reposan los restos de varios cientos de combatientes caídos durante aquellos tres días de revuelta, conocidos en Francia como "los Tres Gloriosos". El propio Victor Hugo la convirtió en escenario simbólico de 'Los Miserables', y desde entonces la plaza ha funcionado como un punto de encuentro casi obligado para cualquier movimiento social francés que quiera reivindicarse heredero del espíritu revolucionario, aunque en rigor histórico esté invocando una revolución distinta de la que cree.
Lo que ha dejado la protesta del 8 de octubre
El jueves 8 de octubre, una manifestación estudiantil que las autoridades francesas cifraron en 70.000 personas convergió, como tantas veces antes, en la plaza de la Bastilla. La columna, que según testigos estaba impecable antes de la marcha, amaneció al día siguiente cubierta de decenas, si no cientos, de pintadas, muchas de ellas con las siglas "ACAB" ("All Cops Are Bastards"), además de insultos dirigidos al presidente Emmanuel Macron y a las grandes fortunas del país. Pese a que la zona estaba acordonada, numerosos manifestantes accedieron a la base del monumento, llegaron a subirse a él y lo usaron como escenario para coreas consignas y hacerse fotografías, sin que la policía pudiera impedirlo con los efectivos desplegados. Veinticuatro horas después, el ayuntamiento de París no había limpiado la columna ni emitido ningún comunicado al respecto.
Veinticuatro horas después, el ayuntamiento de París no había limpiado la columna ni emitido ningún comunicado al respecto.
Lo que convierte este episodio en algo más que un acto de incivismo puntual es la propia contradicción que encierra: quienes cubrieron de pintadas un monumento que honra precisamente la lucha por la libertad frente al abuso de poder lo hicieron, según sus propias consignas, en nombre de esa misma libertad. Se puede defender cualquier causa social legítima —y la protesta por la educación o el coste de la vida lo es— sin necesidad de ensuciar, literalmente, el símbolo que se dice estar reivindicando. La Columna de Julio no pertenece al Gobierno de turno, ni a Macron, ni a quienes protestan contra él: pertenece a la memoria colectiva de un país que decidió, hace casi dos siglos, que ese espacio merecía recordar a quienes murieron por una libertad que hoy, paradójicamente, algunos tratan como papel de pared.
Fuentes: El Debate (estado de la Columna de Julio tras la manifestación del 8 de octubre, cifra de 70.000 manifestantes); Wikipedia, "Place de la Bastille" y "Opéra Bastille" (historia de la plaza y la columna); Infobae (protestas estudiantiles y dispersión policial en la plaza de la Bastilla el 8 de octubre).