Cuando el odio cambia de bando: la violencia política organizada en España ya no apunta mayoritariamente a la izquierda
Palizas por llevar una pulsera de España, mítines reventados con condenas judiciales de hasta cinco años y medio de cárcel, un intento de agresión a Abascal en plena calle. La cronología de los últimos dos años dibuja un patrón que contradice el relato de que el odio político en España sigue circulando, como hace treinta años, de derecha a izquierda.
Durante décadas, el relato dominante sobre la violencia política en España situaba a la derecha como agresora y a la izquierda como víctima: ataques de ultras contra manifestaciones obreras, agresiones a sindicalistas, el recuerdo de la Transición y los años de plomo. Ese relato, convive hoy con una cronología de los últimos dos años que apunta mayoritariamente en la dirección contraria: son los actos, sedes y cargos de Vox, el partido que ocupa el extremo derecho del arco parlamentario, los que concentran la inmensa mayoría de los incidentes de violencia política que han terminado documentados, denunciados o juzgados en España.
No es una anécdota, es un patrón
El pasado 10 de septiembre, el concejal de Vox Jordi Guirado fue agredido mientras atendía una mesa informativa en Sant Cugat del Vallès (Barcelona) y tuvo que recibir atención hospitalaria. Ocho días después, en Tarragona, un hombre se acercó a Santiago Abascal entre la multitud, le escupió e intentó golpearle; su escolta frenó la agresión y la policía redujo al agresor, por lo que Vox presentó una denuncia por atentado contra la autoridad. Esa misma semana, en el barrio de Sants (Barcelona), un grupo de manifestantes rodeó un acto de Vox y mantuvo música a todo volumen de forma ininterrumpida para impedir que se oyeran los discursos; y el 21 de septiembre, en Santiago de Compostela, varios cientos de personas movilizadas por una veintena de colectivos impidieron por completo la celebración de un acto en el que iba a intervenir el eurodiputado Jorge Buxadé. En Galicia se han documentado además agresiones físicas —palizas, según medios locales— a simpatizantes por el simple hecho de llevar una pulsera con la bandera de España. Según el recuento de El Confidencial Digital, Vox ha sufrido 49 ataques a militantes y sedes desde abril de 2023, y la Justicia ya ha confirmado condenas de hasta cinco años y medio de cárcel contra varios activistas que irrumpieron por la fuerza en un mitin del partido, una sentencia que no procede de ningún medio afín a Vox, sino que fue recogida por eldiario.es.
No existe un recuento equivalente, ni de lejos, de actos de la izquierda —PSOE, Sumar o sus organizaciones afines— reventados por la fuerza en este mismo periodo. Eso no significa que la derecha española esté libre de toda responsabilidad en la crispación general del debate público, pero sí significa algo muy concreto: cuando se habla hoy de violencia política organizada y judicializada en España, la dirección casi siempre documentada es de la izquierda radical y el entorno independentista hacia la derecha, y no al revés.
El discurso que alimenta el rechazo
Parte de ese clima no surge de la nada. Desde que Vox entró en las instituciones, el propio presidente del Gobierno ha insistido en situar a todo el espacio a su derecha bajo la misma etiqueta: en 2022 propuso explícitamente un "cordón sanitario" a Vox "en toda España", y este mismo año ha llegado a vincular al PP con Alvise Pérez al hablar de que en 2027 "se van a presentar tres ultraderechas", equiparando así al principal partido de la oposición con la extrema derecha. Ese tipo de discurso, que mezcla deliberadamente el adversario político legítimo con el fascismo, es señalado por numerosos analistas y por la propia oposición como un factor que ha contribuido a normalizar la idea de que tratar con alguien de derechas —no ya con Vox, sino con el PP— es moralmente equiparable a tratar con un fascista. No es la única causa de la crispación, pero es una pieza real y verificable de cómo se ha construido este clima, y conviene decirlo así: como una pieza, no como una explicación única.
Lo que de verdad dicen los estudios sobre la polarización
Aquí conviene ser precisos, porque no toda la polarización en España señala en una sola dirección. Los estudios académicos sobre polarización afectiva —el grado de desconfianza y rechazo emocional hacia quienes piensan distinto— coinciden en que el fenómeno es, en gran medida, mutuo: la animadversión hacia los partidos supera a la animadversión hacia sus votantes en todos los bloques ideológicos, de izquierda a derecha. Una encuesta reciente sobre convivencia política en España, citada por Political Watch, encontró que más del 70% de los ciudadanos mantiene conversaciones respetuosas con personas que piensan diferente, aunque también que un 20,1% de los hombres y un 14,8% de las mujeres reconoce haber dejado de hablar con alguien por motivos políticos, y que la animosidad hacia los partidos del bando contrario es generalizada en toda la población, no exclusiva de un lado. Dicho de otro modo: el rechazo social e informal al que piensa distinto existe en ambas direcciones, y sería inexacto presentarlo como un fenómeno exclusivamente de izquierdas. Lo que sí es nuevo, y lo que de verdad ha cambiado respecto a hace una década, es que la violencia física organizada —la que acaba en una denuncia, un hospital o una sentencia— se concentra hoy, de forma mucho más clara que en el pasado, contra un solo lado del espectro.
Lo que sí es nuevo, y lo que de verdad ha cambiado respecto a hace una década, es que la violencia física organizada —la que acaba en una denuncia, un hospital o una sentencia— se concentra hoy, de forma mucho más clara que en el pasado, contra un solo lado del espectro.
Esa distinción es la que de verdad importa. Puede seguir discutiéndose, con datos en la mano, si los españoles de izquierdas rechazan socialmente a los de derechas más de lo que ocurría antes. Lo que ya no admite mucha discusión es que, cuando ese rechazo se traduce en un puño, una paliza o un mitin reventado a la fuerza, el nombre que aparece una y otra vez en los atestados y en las sentencias de los últimos dos años es el de Vox, no el de sus adversarios. Ese es el cambio de bando real, y es, con diferencia, el más preocupante para la convivencia democrática.
Fuentes: El Debate (cronología de agresiones y boicots a actos de Vox, septiembre-octubre de 2026); El Confidencial Digital (recuento de 49 ataques a militantes y sedes de Vox desde abril de 2023); eldiario.es (condenas judiciales de hasta cinco años y medio a activistas que reventaron un mitin de Vox); El Debate, Vozpópuli y Hispanidad (declaraciones de Pedro Sánchez sobre el "cordón sanitario" a Vox y la equiparación de PP y Alvise Pérez con la ultraderecha); Political Watch (datos sobre conversación respetuosa y ruptura de relaciones por motivos políticos en España).