Miércoles, 16 de septiembre de 2026 Edición Nº 9
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Religión · Sociedad y Fe

Encontrar a Dios sin cambiar de vida: el auge del «deísmo a la carta» en las redes

Cada vez es más frecuente ver a creadores de contenido para adultos afirmar que han tenido una experiencia religiosa, o incluso que Dios respalda su actividad, sin dejar de practicarla. El fenómeno tiene nombre propio en sociología de la religión desde hace dos décadas.

En los últimos años se ha vuelto habitual un tipo concreto de testimonio viral: creadoras y creadores de contenido para adultos, incluidas plataformas como OnlyFans, que declaran públicamente haber «encontrado a Dios», haber sentido un llamado espiritual o incluso haber recibido «permiso divino» para seguir con su actividad tal cual la venían ejerciendo. No es una anécdota aislada: en los últimos años se han hecho virales varios casos de modelos que aseguran que Dios «les habla» o «les dice que lo hagan», y que presentan esa convicción como prueba de que su trabajo y su fe son perfectamente compatibles sin necesidad de cambiar nada.

Un fenómeno con nombre: deísmo moralista terapéutico

Este tipo de discurso encaja con precisión en lo que la sociología de la religión lleva dos décadas estudiando bajo el nombre de «deísmo moralista terapéutico» (moralistic therapeutic deism), un término acuñado en 2005 por el sociólogo estadounidense Christian Smith —junto con Melinda Lundquist Denton— en su estudio «Soul Searching», sobre la vida religiosa de los adolescentes en Estados Unidos. Describe una fe difusa, sin dogma ni exigencia moral concreta, centrada en la idea de que Dios existe sobre todo para que la persona se sienta bien consigo misma y resuelva sus problemas cuando lo necesita. Un Dios convertido, en la práctica, en una figura de validación emocional permanente, que aprueba cualquier decisión siempre que uno se sienta en paz con ella.

El problema de este modelo no es que hable de bienestar o de paz interior —ninguna tradición religiosa lo rechaza—, sino que sustituye la exigencia moral por la validación emocional. Y esa sustitución no es un matiz menor: según los propios sociólogos que documentaron el fenómeno, da lugar a una religión distinta de la que se dice profesar, aunque conserve su vocabulario y sus símbolos.

Lo que de verdad dice la tradición religiosa

El episodio evangélico más citado a la hora de discutir este tipo de discurso es el de la mujer sorprendida en adulterio, narrado en el capítulo 8 del Evangelio de Juan. Jesús, ante quienes piden apedrearla, responde con la célebre frase «el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra», y cuando todos se retiran, le dice a la mujer: «Tampoco yo te condeno; vete, y no peques más». Es una escena que se suele leer, con razón, como un gesto radical de misericordia. Pero la frase final —«no peques más»— es tan parte del pasaje como el perdón: no es una absolución sin condiciones, sino un perdón que va acompañado de una exigencia moral concreta.

Ninguna tradición religiosa importante sostiene que la fe consista en sentirse bien con cualquier decisión.

Esa combinación —misericordia real y exigencia real— es, precisamente, lo que el deísmo terapéutico disuelve cuando reduce la fe a una sensación de aprobación permanente. Ninguna tradición religiosa importante sostiene que la fe consista en sentirse bien con cualquier decisión; todas, en mayor o menor medida, distinguen entre el amor incondicional que se ofrece a la persona y la conformidad moral con sus actos, que es otra cosa.

Entre el testimonio y la autojustificación

Esto no significa que quien afirma haber vivido una experiencia espiritual esté mintiendo, ni que su búsqueda no sea sincera: la fe y la contradicción personal pueden convivir, y de hecho conviven, en la vida de cualquier creyente. El propio cristianismo tiene una larga tradición de conversiones progresivas, no instantáneas. La diferencia está en si esa experiencia religiosa se vive como una llamada a revisar la propia vida —aunque sea de forma gradual— o si se utiliza, desde el primer momento, como un sello de aprobación que cierra cualquier pregunta incómoda antes de que llegue a plantearse.

Es esa segunda versión la que preocupa a quienes estudian el fenómeno: un lenguaje religioso vaciado de exigencia, que sirve para blindar decisiones ya tomadas por otros motivos —económicos, de popularidad, de conveniencia— en lugar de para cuestionarlas. Usar la fe como argumento de autoridad para no tener que justificar nada más es, según la propia tradición que se invoca, exactamente lo contrario de lo que esa tradición pide.

Referencias: Christian Smith y Melinda Lundquist Denton, «Soul Searching: The Religious and Spiritual Lives of American Teenagers» (Oxford University Press, 2005); Evangelio de Juan 8, 1-11; casos de creadoras de contenido para adultos que han declarado públicamente motivaciones religiosas para su actividad, recogidos por medios como Infobae y SoHo.

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