Argentina, crónica de una muerte anunciada
España es campeona del mundo por segunda vez. La selección de Luis de la Fuente derrotó 1-0 a Argentina en la final del Mundial 2026, disputada el domingo en el MetLife Stadium, con un gol de Ferran Torres en el minuto 106.
Un triunfo justo, construido sobre el dominio del balón y una idea de juego que nunca se traicionó ni siquiera cuando el marcador tardó dos horas en moverse: Argentina terminó los 120 minutos sin un solo remate a puerta, mientras España controlaba el partido de principio a fin con Lamine Yamal, Pedro Porro y Cucurella generando peligro constante.
Fue el segundo título mundial de la historia de España, quince años después de Sudáfrica 2010. Pero lo que debería haber sido una noche de celebración limpia quedó empañada nada más sonar el silbato final. Los suplentes españoles entraron al campo a celebrar y, en medio del barullo, Rodri pasó cerca de Nahuel Molina y recibió una agresión del lateral argentino; el español se giró para reclamarle y ahí todo se descontroló. Eric García intentó mediar entre los jugadores y fue Leandro Paredes quien lo agarró del cuello y lo empujó. Cuando Gavi acudió a defender a su compañero, Paredes lo tomó de la camiseta, lo tiró al suelo y le golpeó en la cara.
No fue el único incidente: Nicolás Otamendi le negó el saludo a Rodri reprochándole que había estado "llorando toda la semana", y Roberto Ayala —asistente técnico de Scaloni, sin ni siquiera condición de jugador— fue grabado golpeando en el rostro a Dani Olmo. Hicieron falta Scaloni, Walter Samuel y Thiago Almada para separar a los futbolistas.
La FIFA ha abierto investigación disciplinaria, que incluye además el hecho de que la delegación argentina se saltara el protocolo de la ceremonia de premiación yéndose directa hacia su afición.
Y aquí está el fondo del asunto: Argentina lleva años construyendo un relato de víctima permanente, el árbitro, la prensa, "el mundo en contra", un discurso que funciona cuando gana pero que se vuelve insostenible cuando pierde, porque entonces no hay conspiración que explique lo ocurrido, solo la actuación propia.
Lo del domingo no fue una final perdida con dignidad, fue un equipo que jugó 120 minutos sin generar peligro y que después del pitido resolvió la frustración a golpes. No es que el mundo esté contra Argentina por señalarlo: el mundo está reaccionando, con toda lógica, contra un comportamiento concreto, que ahora mismo está bajo investigación de la FIFA. Se puede perder un Mundial con la cabeza alta.
Esto no fue eso.