Miércoles, 22 de julio de 2026 Edición Nº 1
LA

ALMENARA

"Donde la noticia encuentra su rumbo"

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Opinión

La mentira del Mundial

España gana un Mundial y, antes de que se apaguen los fuegos artificiales, ya hay quien ha decidido de qué bando político es la selección. Que si esto demuestra la "España plural", que si el vestuario es progresista, que si el fútbol —ese deporte de toda la vida, disfrutado por millones de personas que jamás han pisado un mitin— por fin se ha "desenganchado" de su fama de rancio. Como si el fútbol necesitara el aval de nadie. Como si veintitrés personas dándole patadas a un balón fueran, de repente, un manifiesto ideológico.

Bienvenidos al deporte nacional de verdad: politizar hasta el último centímetro de césped.

Cada vez que gana la selección, se repite el mismo ritual. Unos se apresuran a explicarnos que este equipo, con esta plantilla, con estos futbolistas hablando de lo que hablan, es la prueba de que España ya no es lo que era, de que el fútbol se ha "modernizado", de que ha dejado de ser cosa de "rancios". Otros, en la trinchera de enfrente, hacen justo lo contrario: se agarran a la camiseta como si fuera bandera de un solo color y expulsan a quien no encaja en su relato. Y en medio, la inmensa mayoría de la gente que simplemente disfrutó del partido sin pedirle carnet a nadie.

Porque el fútbol siempre ha sido fútbol. Antes de que nadie decidiera que era terreno de un bando o del otro, ya llenaba bares y plazas de gente que no tenía nada más en común que las ganas de gritar un gol. Habrá quien lo disfrute más y quien lo disfrute menos, gustos hay para todo. Y sí, existe un grupo de energúmenos que lo ensucia con violencia, insultos y cánticos vergonzosos, como pasa en cualquier ámbito de masas, desde un concierto hasta una manifestación, sin que a nadie se le ocurra sacar conclusiones sobre el país entero a partir de sus peores elementos. Esa gente no representa el fútbol, igual que los idiotas de cualquier grada no representan a los millones de personas que van cada domingo a ver un partido sin más pretensión que pasarlo bien.

Lo que de verdad cansa es la urgencia por interpretar cada victoria, cada declaración de un jugador o cada gesto en el campo como un mensaje en clave sobre en qué España creemos. Un futbolista da una entrevista y ya hay quien la diseca línea por línea buscando la pista ideológica escondida. Se abraza a un compañero y ya es "un símbolo". Lleva una camiseta con un mensaje y se convierte en portada de dos periódicos que dicen justo lo contrario.

Todo, absolutamente todo, tiene que significar algo más de lo que es. Nada puede ser, simplemente, fútbol.

Y aquí está el verdadero problema, más allá del ridículo puntual: cuando convertimos cada gol en argumento político, dejamos de disfrutar las cosas por lo que son. El fútbol deja de ser ese raro espacio donde un vecino de toda la vida y su cuñado, que no coinciden en nada desde hace una década, pueden gritarle igual de fuerte al televisor. Se pierde precisamente lo único que este deporte todavía conserva: la capacidad de unir a gente que en cualquier otro contexto no se dirigiría la palabra.

Ojo, no digo que el deporte viva en una burbuja aislada de la sociedad, ni que sea ingenuo pretenderlo. El fútbol también es negocio, también tiene sus miserias, sus injusticias, sus problemas reales que merecen crítica seria. Pero hay una diferencia enorme entre analizar esas cuestiones y usar cada partido como excusa para reafirmar, una vez más, que "los tuyos" son mejores personas que "los otros". Lo primero es periodismo. Lo segundo es simplemente ganas de pelea disfrazadas de análisis.

Mientras sigamos necesitando que un Mundial confirme nuestro relato político particular, seguiremos perdiéndonos lo mejor que tiene el fútbol: que, durante noventa minutos, no le pregunta a nadie por quién vota.

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