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Miércoles, 7 de octubre de 2026 Edición Nº 10
LA

ALMENARA

"Donde la noticia encuentra su rumbo"

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Internacional · Islamismo e Integración en Europa

Reino Unido, Alemania y París, frente al espejo: lo que décadas de mirar hacia otro lado han dejado en Europa

Un atentado islamista en Londres que el Gobierno ha declarado emergencia nacional, un informe oficial sobre redes de abusos a menores que durante años nadie quiso investigar por miedo a parecer racista, y una mezquita parisina cerrada por predicar la yihad y el martirio. Tres episodios que desmontan el relato de la convivencia perfecta.

Disturbios nocturnos en Francia

El 29 de abril de 2026, un hombre de origen somalí apuñaló a tres personas en Londres en un ataque que las autoridades calificaron de terrorismo: tras herir a un conocido en Southwark, se desplazó hasta Golders Green con la intención declarada, según la Policía, de atacar a personas "de apariencia visiblemente judía". El grupo Harakat Ashab al-Yamin al-Islamia, vinculado a Irán, reclamó la autoría, y Estados Unidos acabó imputando a un operativo iraquí presuntamente conectado con la Guardia Revolucionaria iraní por este ataque y otros similares. El Gobierno de Keir Starmer elevó el nivel de amenaza de sustancial a severo, convocó una reunión de emergencia del gabinete y declaró el antisemitismo una emergencia nacional. El propio Rey Carlos III visitó a las víctimas. Es, en toda su crudeza, lo que ocurre cuando el islamismo político deja de ser un debate de sobremesa y se convierte en un cuchillo en la calle.

El informe que Londres tardó años en encargar

El atentado de Golders Green no es un hecho aislado dentro del debate británico sobre islamismo e integración. Durante años, distintas ciudades inglesas —Rotherham, Rochdale, Telford, entre otras— arrastraron escándalos de redes organizadas de abuso sexual a menores, las conocidas como "grooming gangs", en las que una parte significativa de los condenados eran hombres de origen paquistaní. Durante más de una década, policías, servicios sociales y responsables municipales reconocieron después no haber investigado con suficiente firmeza por miedo a ser acusados de racismo o de estigmatizar a una comunidad. No fue hasta 2025, tras años de presión pública y mediática, cuando el Gobierno británico encargó a la baronesa Louise Casey una revisión que desembocó en una investigación nacional independiente sobre estas redes, cuyos trabajos siguen en marcha en 2026. Es, posiblemente, el ejemplo más claro de cómo el miedo a señalar un problema por su componente religioso o étnico puede acabar costando años de impunidad a quienes lo sufren: niñas británicas, la mayoría de clase trabajadora.

París cierra una mezquita por predicar la yihad

En Francia, el 27 de julio de 2026 la prefectura de Seine-Saint-Denis ordenó el cierre, durante seis meses, de la mezquita Chanteloup, en Aulnay-sous-Bois, un suburbio al noreste de París, después de que sus predicadores difundieran lo que las autoridades describieron como "ideología islamista radical" que "legitima la yihad y glorifica la muerte como martirio". Uno de los vídeos recogidos en el expediente mostraba a un predicador instando a los padres musulmanes a golpear a sus hijos de once años o más si no cumplían con la oración. La medida se apoya en una disposición legal de 2017 que permite a los prefectos franceses clausurar lugares de culto cuyas prédicas inciten a la violencia, al odio o al terrorismo, un mecanismo que Francia ha utilizado en más de una ocasión desde entonces.

Francia pasó de apenas ocho mezquitas en 1975 a cerca de 2.600 lugares de culto musulmán en 2024.

El dato de fondo que explica por qué este debate no deja de crecer en Francia es demográfico: el país pasó de apenas ocho mezquitas en 1975 a cerca de 2.600 lugares de culto musulmán en 2024, una expansión que ha ido de la mano de un intenso debate político sobre el avance del islamismo político y sobre hasta qué punto el modelo francés de integración —la laicidad republicana que durante décadas se presentó como un éxito frente al multiculturalismo anglosajón— está conteniendo de verdad la radicalización o simplemente conviviendo con ella en guetos urbanos que el propio Estado reconoce no controlar del todo.

Las protestas francesas y el debate sobre su origen

A la vez que se discutía el cierre de la mezquita de Aulnay-sous-Bois, Francia vivía otra crisis en sus calles: dos semanas de protestas estudiantiles contra la masificación de las aulas y los recortes en educación, con más de 5.000 detenidos —el 87% menores— y decenas de colegios incendiados o dañados. Cuentas como Visegrád24 y medios como Legal Insurrection o Frontera han difundido estos días que buena parte de quienes protagonizan los disturbios más violentos serían inmigrantes de segunda y tercera generación, apoyándose en vídeos que circulan en redes sociales. Esa versión no ha sido confirmada por el Gobierno francés, que habla de "agitadores" infiltrados entre los estudiantes sin precisar su origen, ni recogida por medios como Al Jazeera o Time, que enmarcan lo ocurrido en la crisis del sistema educativo francés.

Dos modelos, un mismo diagnóstico tardío

Lo que conectan Londres y París no es una coincidencia de calendario, sino dos variantes del mismo fracaso: el modelo multicultural británico, que durante años prefirió no mirar a la religión o el origen de quienes cometían ciertos delitos para no parecer intolerante, y el modelo laicista francés, que confiaba en que la ausencia de reconocimiento religioso en el espacio público bastaría para disolver identidades que, en los hechos, se han reforzado en barrios enteros al margen del resto de la sociedad. En ambos casos, el coste de mirar hacia otro lado —ya fuera por corrección política o por fe ciega en un modelo propio— lo han pagado las víctimas: las niñas de Rotherham, los judíos de Golders Green, los menores a los que un imán de Aulnay-sous-Bois pedía golpear por no rezar.

Ninguno de estos tres episodios permite trazar, sin más, una línea recta hasta el conjunto de los más de cinco millones de musulmanes que viven hoy en Reino Unido y Francia, la inmensa mayoría de ellos ajenos por completo a la violencia o al proselitismo radical. Pero tampoco tiene sentido seguir tratando estos casos como anécdotas sueltas cuando las propias instituciones británicas y francesas —no esta redacción, sino sus Gobiernos, sus prefecturas y sus comisiones de investigación— llevan ya varios años documentando, con nombres, fechas y sentencias, que el problema existe, que tiene un patrón reconocible y que se ha dejado crecer durante demasiado tiempo por miedo a nombrarlo.

Fuentes: declaraciones del Gobierno británico y de Keir Starmer; Gov.uk y Al Jazeera (Independent Inquiry into Grooming Gangs, informe Casey); ACI Prensa (cierre de la mezquita de Aulnay-sous-Bois); datos sobre lugares de culto musulmán en Francia recogidos en la misma pieza; Al Jazeera, Time y France24 (protestas estudiantiles francesas); Visegrád24, Legal Insurrection y Frontera (versión sobre el origen migrante de parte de los disturbios, no confirmada oficialmente).

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