Por qué el deporte masculino mueve más dinero que el femenino
Cada vez que se publica una lista de los deportistas mejor pagados del mundo, la conversación se repite. En 2025, los 20 hombres mejor remunerados del planeta acumularon en conjunto más de 2.300 millones de dólares, casi ocho veces lo que ganaron las 20 mujeres mejor pagadas ese mismo año. Desde 2023, ninguna mujer figura entre los 50 deportistas mejor pagados según Forbes; este año, para entrar a esa lista hacía falta ganar al menos 53,6 millones de dólares, una cifra que la tenista Coco Gauff, la deportista mejor pagada del mundo, no alcanzó ni con sus 33 millones anuales entre premios y patrocinios.
La brecha suele leerse como una injusticia a corregir, pero antes de juzgarla conviene entenderla, porque desde tiempos inmemoriales llevamos oyendo que el mercado es sexista, pero la realidad es muy diferente: el dinero en el deporte no lo reparte un comité, lo determina el mercado. Y el mercado no distingue de género, paga en función de una sola variable: cuánta gente consume, cuánta gente paga por ver y cuánto valen esos ojos para un anunciante.
Y es que la demanda manda, nunca mejor dicho.
Los ingresos de una liga o un deportista provienen, en su enorme mayoría, de tres fuentes: derechos de televisión, patrocinios y venta de entradas y merchandising. Las tres dependen de una sola cosa, la audiencia.
La NFL facturó unos 23.000 millones de dólares este último año fiscal. La NBA proyecta 14.300 millones de dólares para la temporada de este 2026, impulsada por un contrato de derechos de medios con ESPN, NBCUniversal y Amazon Prime Video. Ese dinero no lo paga la NBA porque quiera; lo pagan las cadenas porque saben que millones de personas van a ver esos partidos, y ese público vale para vender publicidad.
El deporte femenino, en cambio, todavía está construyendo esa base de audiencia masiva. Deloitte proyecta que el conjunto de los deportes femeninos facturará 2.350 millones de dólares en 2025 y que en 2026 romperá por primera vez la barrera de los 3.000 millones, un salto del 25% interanual. Es un crecimiento notable, pero la cifra sigue siendo una fracción mínima de lo que mueve una sola liga masculina como la NFL o la NBA. La WNBA, para 2026, proyecta ingresos de entre 350 y 500 millones de dólares, frente a los 14.300 millones de su contraparte masculina.
El crecimiento es real, y ahí está la prueba de que el mercado funciona
Lo interesante es que quien busque evidencia de que la brecha es puramente estructural o "de género" tiene que lidiar con algo que es real: cuando la audiencia femenina crece, el dinero llega, y llega rápido. La Champions League femenina de la UEFA duplicó su audiencia en la temporada 2025-26 y superó los 39,7 millones de espectadores antes de la final, con 947 millones de visualizaciones en vídeo, un 50% más que el año anterior. Los ingresos por derechos audiovisuales del deporte femenino a nivel global crecerán un 38% interanual hasta los 765 millones de dólares en 2026. Netflix ya se aseguró los derechos de los Mundiales femeninos de 2027 y 2031 en Estados Unidos, una apuesta que solo tiene sentido si la plataforma calcula que el público seguirá creciendo.
No hay ningún techo artificial impidiendo que el deporte femenino gane dinero. Lo que hay es una curva de audiencia que todavía está en fase de expansión.