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Miércoles, 19 de agosto de 2026 Edición Nº 5
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Nacional

España y Europa cristianas

Por qué hablar de un origen cristiano no es una cuestión de fe, sino de historia.

Definir una civilización no es hacer un recuento de lo que cree cada persona en un momento dado. Las civilizaciones no se miden con encuestas de opinión, sino con historia: cómo nacen, qué instituciones las organizan y qué es lo que, durante siglos, sostiene su derecho, su lengua, su educación y su calendario. Bajo ese criterio, afirmar que Europa es cristiana y que, sobre todo, España es cristiana, no es una declaración de fe ni una consigna identitaria. Es una constatación sobre el origen de las instituciones que, con todas sus transformaciones, siguen organizando buena parte de la vida pública europea. Entenderlo no excluye a nadie; ignorarlo no es neutralidad, es simplemente desconocer de dónde viene lo que tenemos delante.

Cuando cae Roma, ¿qué sostiene a Europa?

En el año 476, la deposición del último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo, marca el fin del Imperio romano de Occidente. Desaparece la administración común, desaparece el emperador, y el mapa político se fragmenta en una multitud de reinos germánicos. Y, sin embargo, «Europa» como espacio cultural compartido no desaparece con Roma. La razón es que una institución sobrevive a la caída política y asume buena parte de las funciones que antes cumplía el Estado romano: la Iglesia cristiana.

Los monasterios copian, conservan y transmiten los textos clásicos; se convierten, durante siglos, en prácticamente el único lugar donde se enseña a leer y escribir con continuidad. Los obispados, por su parte, heredan buena parte de las funciones administrativas y judiciales que antes correspondían a las ciudades romanas (las civitates), y los obispos se convierten con frecuencia en la autoridad efectiva de sus territorios cuando el poder civil se debilita. Historiadores como Peter Brown han insistido en esta continuidad de la «Antigüedad Tardía» frente a la vieja imagen de una ruptura brusca; otros, como Henri Pirenne, matizaron que el corte real llegaría más tarde, con la expansión islámica por el Mediterráneo en el siglo VII. Ambas lecturas coinciden, sin embargo, en un punto: durante los siglos posteriores a la caída de Roma, es la Iglesia la que actúa como columna vertebral institucional de Europa, allí donde el poder político se había fragmentado.

Los reinos cristianos construyen la Europa medieval

A partir de ahí, los nuevos reinos europeos no se construyen como estados laicos, sino como monarquías cristianas que buscan la legitimidad y el respaldo de la Iglesia. Clodoveo, rey de los francos, se bautiza en Reims de manos de san Remigio en una fecha que las fuentes no fijan con precisión —tradicionalmente el año 496, aunque distintos historiadores la sitúan entre el 496 y el 508—. Sea cual sea la fecha exacta, aquel bautismo unifica a los francos bajo el cristianismo niceno y sella una alianza entre trono y altar que marcará el modelo de monarquía cristiana en Europa occidental durante los siglos siguientes, y que en Francia se prolongará, de una forma u otra, hasta el siglo XIX.

Ese proyecto europeo de raíz cristiana se articula con especial fuerza cuando Carlomagno es coronado emperador por el papa León III en Roma, el día de Navidad del año 800: una restauración simbólica del Imperio de Occidente bajo signo cristiano, con la corte de Aquisgrán como centro de un renacimiento cultural y educativo impulsado por monjes y clérigos. Entre los siglos VII y X, además, se extiende la evangelización de las islas británicas, de los territorios germánicos y, más tarde, de buena parte de Europa central y oriental. Esa evangelización no es solo un fenómeno religioso: trae consigo derecho canónico, el latín como lengua común de cultura, escuelas monásticas y catedralicias que con el tiempo darán lugar a las universidades, y una red de instituciones eclesiásticas que atraviesa fronteras políticas.

España cristiana antes del 711

El caso español permite ver este proceso con particular claridad, aunque conviene matizarlo con precisión. El cristianismo no llega a la península con los visigodos ni, mucho menos, después de ellos: las comunidades cristianas están presentes en la Hispania romana desde los primeros siglos de nuestra era, como atestigua ya el concilio de Elvira, celebrado en torno al año 300. Lo que ocurre en el 589, con el III Concilio de Toledo, es otra cosa: el rey visigodo Recaredo abandona el arrianismo y se convierte al catolicismo niceno, que pasa a ser la religión oficial del reino visigodo de Toledo. No es, por tanto, el momento en que el cristianismo «llega» a España, sino el momento en que la monarquía visigoda se suma a una sociedad hispanorromana que llevaba siglos siendo mayoritariamente cristiana.

Esa es la Hispania que existe como entidad política cristiana antes de la llegada de los musulmanes en el año 711. Al-Ándalus, tras la conquista, fue una realidad política y cultural islámica de primer orden —con una capital como Córdoba que llegó a ser una de las ciudades más avanzadas de Europa en ciencia, filosofía y arquitectura—, y su legado forma parte, quiérase o no, de la historia común de la península. Pero Al-Ándalus no fue el origen de España, ni ocupó nunca la totalidad del territorio de manera continua: desde los primeros años de dominación islámica existieron, en el norte peninsular, núcleos de resistencia y organización cristiana que nunca llegaron a ser sometidos.

Covadonga y los reinos del norte: entre el hecho y el mito

Aquí conviene ser especialmente cuidadoso, porque es uno de los episodios más debatidos por la historiografía actual. La tradición sitúa en Covadonga, hacia el año 722 (aunque autores como Julia Montenegro y Arcadio del Castillo defienden 718), la primera resistencia armada organizada por Pelayo frente a las tropas musulmanas, y el origen simbólico del reino de Asturias. Sin embargo, historiadores como José Luis Corral han sugerido que buena parte del relato de Covadonga fue construido casi ciento cincuenta años después, en la corte de Alfonso III, para dar continuidad dinástica y legitimidad al reino asturiano; y Eduardo Manzano Moreno ha cuestionado incluso que Pelayo fuera, como afirman las crónicas tardías, un noble de origen visigodo, y no más bien un caudillo local.

Ese debate historiográfico es legítimo, pero no debe confundirse con la pregunta más amplia, que es la que de verdad importa para este argumento: al margen de los detalles exactos de Covadonga, no se discute seriamente que desde comienzos del siglo VIII existió, en el norte de la península, una franja de organización política cristiana —Asturias, después León, Navarra, los condados pirenaicos que darán lugar a Aragón y Cataluña, y más tarde Castilla— que jamás quedó sometida al poder islámico y que fue construyendo, con el paso de los siglos, reinos, leyes y estructuras eclesiásticas en continuidad con el pasado visigodo y romano. España cristiana, entendida como realidad política e institucional, no desaparece en ningún momento de la Edad Media.

El debate sobre la «Reconquista»

Aquí merece la pena detenerse en una precisión histórica importante. La palabra «Reconquista», tal y como se usa habitualmente, es en gran medida una construcción del siglo XIX: un término acuñado y popularizado por la historiografía romántica y liberal para narrar, con clave nacional, un proceso de casi ochocientos años protagonizado por reinos distintos, con intereses distintos, que a menudo pactaron, comerciaron y guerrearon tanto entre sí como con los poderes musulmanes. Historiadores como Alejandro García Sanjuán han insistido en que hablar de «Reconquista» como un proyecto unitario y continuo desde el 711 hasta 1492 proyecta hacia atrás una idea de unidad nacional que los propios protagonistas medievales no tenían. Otros autores matizan que, si bien el término es tardío, la idea de restauración de un orden cristiano perdido sí aparece ya en algunas fuentes medievales, como la Crónica de Alfonso III, de modo que no toda la carga ideológica del concepto es una invención decimonónica.

Sea cual sea la postura que se adopte en ese debate terminológico, lo que no cambia es el hecho de fondo: la existencia continuada, durante toda la Edad Media, de entidades políticas cristianas en la península, con instituciones, leyes y cultura propias. Conviene añadir, además, que esa España medieval no fue nunca monolítica ni siquiera dentro de los reinos cristianos: mudéjares y comunidades judías convivieron durante siglos bajo la autoridad de esos mismos reyes, con estatutos jurídicos propios. Reconocer la raíz cristiana de las instituciones no equivale, por tanto, a borrar esa pluralidad, que es también parte constitutiva de la historia peninsular.

La culminación, no el origen

Por eso 1492 no debe leerse como el nacimiento de una España cristiana que hasta entonces no existiera, sino como la culminación de un proceso institucional que llevaba en marcha casi ocho siglos: la toma de Granada pone fin al último reino islámico de la península, y la unión dinástica de Castilla y Aragón consolida bajo una misma corona a los reinos cristianos que habían mantenido, con continuidad, el derecho, la lengua y la organización eclesiástica heredados de Roma y de los visigodos. Conviene no idealizar ese momento: el mismo año 1492 trae también el decreto de expulsión de la comunidad judía, un episodio que recuerda que el proyecto de unificación religiosa de los Reyes Católicos tuvo también un lado duro y excluyente, que forma parte inseparable de esa misma historia y que conviene no silenciar.

En ese marco cristiano, heredero de Roma y de los visigodos, se forjan además instituciones que hoy damos por sentadas: las lenguas romances nacen de la evolución del latín eclesiástico y administrativo; buena parte del derecho civil español y europeo hunde sus raíces en la combinación del derecho romano con el derecho canónico; y las primeras universidades —Salamanca, fundada en 1218, entre las más antiguas de Europa— nacen directamente de las escuelas catedralicias y monásticas medievales.

Una Europa y una España con raíces cristianas

Hoy Europa es plural, y España también lo es: en creencias, en prácticas, en formas de vida. Eso no está en discusión. Pero el calendario que seguimos, buena parte de las fiestas oficiales, muchos de los símbolos heráldicos y arquitectónicos, y las instituciones más antiguas del continente —desde las universidades hasta buena parte del derecho civil— tienen una raíz cristiana que las precede y que, en muchos casos, las explica. Reconocer esa raíz no es imponer una fe a nadie, como tampoco lo es reconocer la herencia romana, griega o, en el caso español, andalusí y sefardí: es, simplemente, hacer historia con honestidad.

Decir que España y Europa son cristianas, en este sentido institucional e histórico, no excluye lo que vino antes, ni lo que convivió al lado, ni lo que vino después, incluida la secularización actual. Negarlo, por prudencia o por incomodidad, tampoco es un gesto de tolerancia: es, sencillamente, prescindir de una parte de la historia.

"Una civilización, para entenderse a sí misma, necesita conocer todas las paredes maestras del edificio que habita, no solo las que resulten más cómodas."

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