El Ibex 35 es una estafa
En el Ibex 35 —el grupo de las 35 empresas más grandes que cotizan en bolsa en España— conviven dos formas de hacer negocios muy distintas: una economía moderna y competitiva, y otra que recuerda a los privilegios que antiguamente el poder político concedía a ciertos comerciantes.
Hubo una época en la que el capitalismo y el mercantilismo no estaban tan alejados, pero poco a poco se han ido separando ambos conceptos. Para entender el Ibex 35 actual no hay que estudiar el libre mercado, sino el mercantilismo del siglo XVIII.
Las cartas del monopolio, actualmente
Para saber a qué nos estamos refiriendo, conviene entender de dónde surge este mercantilismo. En el siglo XVIII, los monarcas otorgaban cartas reales de monopolio: privilegios que garantizaban mercados cautivos sin importar quién competía mejor. Hoy padecemos algo muy parecido: es el Estado quien otorga estos privilegios a golpe de Boletín Oficial del Estado (BOE), blindando a las grandes energéticas y constructoras del Ibex mediante regulaciones hipercomplejas que las pymes son incapaces de cumplir.
Pero, ante todo esto, ¿qué es el Ibex 35 como tal? Para los lectores menos familiarizados con la materia, se trata del índice bursátil de referencia de la bolsa española. Básicamente, mide el comportamiento de las 35 empresas más líquidas y con mayor valor de mercado del país.
¿Qué mide?
El error está en pensar que este índice refleja la salud económica real de España; en realidad, solo refleja la salud de los amigos del poder. El éxito en el Ibex 35 no se mide por tener al cliente más feliz o por innovar sin descanso, sino por estar lo más cerca posible del político de guardia. Esto se carga por completo la famosa «destrucción creativa» del economista Joseph Schumpeter: en un mercado libre de verdad, la empresa ineficiente quiebra y deja paso a otra mejor; aquí, si eres del Ibex, nunca mueres porque siempre viene el Estado a rescatarte con el dinero de tus impuestos.
Puertas giratorias
Y aquí es donde entra el concepto de las puertas giratorias, el verdadero motor de esta farsa. ¿Qué son? Muy fácil: el trasvase continuo de ministros, presidentes y altos cargos públicos que, tras dejar la política, acaban directos en los consejos de administración de estas grandes empresas cobrando sueldos millonarios. El economista liberal Juan Ramón Rallo, que ha dedicado varios artículos a este fenómeno —entre ellos uno titulado «Acabemos con las puertas giratorias»—, resume la idea con un concepto tomado de la escuela austriaca: esto no es capitalismo, es extracción de rentas. Estas corporaciones no fichan a los políticos por su visión empresarial —muchos no han gestionado una tienda de barrio en su vida—, sino por su agenda de contactos: les pagan para que descuelguen el teléfono y consigan que el BOE redacte una ley a su medida o les asegure un contrato público. Es un «hoy por ti, mañana por mí» descarado que pagamos todos cada vez que llega la factura de la luz.
Lo que ya advirtió Adam Smith
Y ojo, que esto no es una paranoia conspiranoica actual. El mismísimo Adam Smith, el padre del liberalismo económico, ya nos avisó.
"La gente del mismo gremio rara vez se reúne, ni siquiera para divertirse, sin que la conversación termine en una conspiración contra el público o en alguna estrategia para subir los precios." — Adam Smith, La riqueza de las naciones (1776)
A Smith le daba pánico lo que hoy llamamos los lobbies o grupos de presión. Él defendía el libre mercado no porque amara a las grandes corporaciones, sino precisamente porque sabía que la libre competencia era la única forma de romper los monopolios de los empresarios amigos del rey.
Desde la visión de Smith, el Ibex 35 es el enemigo número uno de la «mano invisible». En un mercado libre real, la mano invisible guía a las empresas a servir al ciudadano para ganar dinero; en el Ibex, lo que funciona es la «mano visible» del Estado, que reparte el pastel entre unos pocos elegidos mientras tú y yo pagamos la fiesta.
Menos Estado, más liberalismo
La conclusión que nos queda de todo esto es clara: si queremos acabar con la gran estafa del Ibex 35, la solución no pasa por más intervención estatal, sino todo lo contrario. El verdadero problema de España no es que haya grandes empresas, sino que estas juegan con cartas amañadas gracias a sus amigos de la Moncloa.
Mientras el Estado mantenga el poder absoluto para rescatar autopistas de peaje, fijar tarifas eléctricas a dedo y asfixiar a los autónomos con una continua maraña de normativas, las puertas giratorias seguirán funcionando a pleno rendimiento. El incentivo siempre estará ahí: sale más rentable contratar a un exministro que mejore tus leyes que a un ingeniero que mejore tu producto.
Desmantelar este capitalismo de amiguetes exige quitarle el poder al Estado. Un liberalismo de verdad no rescata a los gigantes que lo hacen mal; los deja caer para que el capital y el talento fluyan hacia los emprendedores que sí innovan. Al final del día, la única forma de liberar a los ciudadanos de este mercantilismo moderno es obligar a los intocables del Ibex a bajarse del palco, competir a pecho descubierto y ganarse el dinero satisfaciendo al consumidor, y no al político de turno.
Pero claro, esto es una mera ilusión.