Miércoles, 9 de septiembre de 2026 Edición Nº 8
LA

ALMENARA

"Donde la noticia encuentra su rumbo"

← Volver a portada
Opinión

Algunas verdades que no deberían ser polémicas

Hemos convertido la protección de nuestras propias fronteras en algo de lo que hay que avergonzarse, como si controlar quién entra y cómo entra fuera, por definición, un acto de xenofobia. Y sin embargo, ningún país de la Unión Europea deja entrar a nadie sin control, ni siquiera los que se presentan como los más abiertos. Pedir una inmigración legal, ordenada y con recursos suficientes para gestionarla no es racismo: es exactamente la misma política migratoria que aplican Alemania, Francia o los países nórdicos. Si allí se llama gestión responsable y aquí se llama xenofobia, el problema no está en la política, está en cómo la contamos.

Con la bandera pasa algo parecido. Llevar una pulsera con la bandera de España, o simplemente sentir cariño por ella, no es odio: es una raíz que comparte la mayoría de los países del mundo. Querer a tu bandera y a tu himno es lo normal, no lo raro. En Francia, en Italia o en Estados Unidos nadie tiene que justificarse por sentir eso. Aquí, en cambio, parece que hace falta pedir perdón por sentir exactamente lo mismo que sentiría cualquiera en cualquier otro país del mundo.

Y ya que hablamos de cosas que no deberían necesitar justificación, pensemos en la maternidad. No es perder la libertad, como a veces nos quieren hacer creer: es vivirla de otra forma. España atraviesa una de las tasas de natalidad más bajas de toda Europa y, aun así, seguimos mirando raro a quienes deciden ser madres jóvenes, como si esa decisión fuera sospechosa de renunciar a algo. No lo es. Es una forma legítima —y cada vez más rara— de vivir la propia vida.

Ninguna de estas cinco ideas debería ser motivo de escándalo. Son, simplemente, sentido común dicho en voz alta.

Y ya puestos a decir cosas incómodas: tal y como yo lo veo, el feminismo actual ya no pide igualdad ni equidad, se parece cada vez más a la misandria. Cuestionar cualquier dato feminista te convierte automáticamente en machista, pero afirmar que «todos los hombres son iguales» se disfraza de empoderamiento. Esa comparación no me parece justa, y cada vez menos gente se atreve a decirlo en voz alta por miedo a la etiqueta.

Y, por último, la que quizá sea la verdad más incómoda de todas: no somos víctimas de un sistema por ser mujer o por pertenecer a una minoría, como ahora se dice. Todos somos iguales ante la ley. Tenemos acceso a la misma educación, a las mismas oportunidades laborales y a leyes que protegen más que nunca: en España hay más mujeres que hombres en la universidad. El problema no es el sistema. El problema es que quejarse sale más barato que currar.

Ninguna de estas cinco ideas debería ser motivo de escándalo. Son, simplemente, sentido común dicho en voz alta. Que suenen a polémica dice más de la época en la que vivimos que de quien las pronuncia.

Y, sin embargo, aquí seguimos: pidiendo perdón por querer fronteras seguras, por llevar una bandera, por querer ser madres, por pensar distinto, por no sentirnos víctimas de nada. Se nos ha hecho creer que el sentido común es una postura extrema, cuando en realidad la postura extrema es la que nos exige disculparnos por pensar con claridad. No pienso seguir ese juego, y cada vez somos más los que no vamos a seguirlo.

Porque llega un momento en que decir la verdad, sin adornos y sin miedo a la etiqueta, deja de ser una provocación y se convierte en un acto de dignidad. Y ese momento, para mí, es ahora.

← Volver a portada